Candelaria
El amor es la esencia de la evangelización.
«Si la unidad es la condición de la misión, el amor es su sustancia»,escribe nuestro papa León XIV, explicando que la Buena Nueva que hay que proclamar no es un ideal abstracto, sino«el Evangelio del amor fiel de Dios, encarnado en el rostro y la vida de Jesucristo». Una llamada que prolonga, en el Espíritu Santo, la propia misión de Cristo, nacida del amor, vivida en el amor y que conduce al amor. No es casualidad que Jesús concluya la oración que precede a la Pasión con estas palabras:«Que el amor con el que me has amado esté en ellos, y yo en ellos».
«Del mismo modo, a lo largo de los siglos, innumerables cristianos —mártires, confesores, misioneros— han dado su vida para dar a conocer este amor divino al mundo. Así, la misión evangelizadora de la Iglesia continúa bajo la guía del Espíritu Santo, Espíritu de amor, hasta el fin de los tiempos».
El mundo necesita testigos valientes
El Papa expresa su agradecimiento a los misioneros de hoy«ad gentes», esos hombres y mujeres que, siguiendo el ejemplo de san Francisco Javier, han dejado su patria, su familia y toda seguridad para proclamar el Evangelio, llevando a Cristo y su amor«a lugares a menudo difíciles, pobres, marcados por los conflictos o culturalmente lejanos». A pesar de las adversidades y las limitaciones humanas, no dejan de entregarse con alegría, demostrando con su perseverancia que«el amor de Dios es más fuerte que cualquier barrera».
Esta es precisamente la vocación de Tiberíades: apoyar a estas mujeres y hombres misioneros. «Luz que se revela a las naciones y da gloria a tu pueblo Israel» (Simeón).
